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miércoles, 31 de octubre de 2018

La comodidad de la tumba

Todos los huesos de la calavera crujieron en un escalofrío al mismo tiempo, como si supieran que faltaban horas para la noche más terrorífica. Moll, que era una calavera relativamente joven, odiaba con cada una de sus vértebras la noche de Halloween, ya que implicaba tener que dejar la comodidad de su ataúd, con su Netflix de ultratumba y sus tests de Buzzdeath, para salir al mundo de los… Sólo con pensar en esas criaturas Moll ya volvía a temblar. Su yo racional entendía perfectamente que ella, en un horrible pasado, también había sido una de esas criaturas, pero su yo paranoico y caótico (que claramente era el que mandaba en sus huesos) no podía evitar temer a esos vivos y felices humanos.
Pero el deber era el deber, y si se negaba a salir de su tumba, actuando como la adolescente dramática que en el fondo era, todos sus privilegios de calavera se acabarían: no más muertellamadas con el guapo de Caronte y, peor aún, no más gusanos rellenos para desayunar. Y eso sí que la calavera no lo podía permitir.
Era la primera vez que Moll pisaría el mundo de los vivos siendo una calavera, pero aún recordaba las horribles noches de Halloween de cuando aún era un joven e inocente zombie. Recordaba el terror mudo que le provocaban las idioteces que cometían los humanos, así como quedarse afónica después de ser perseguida por tantos y tantos perros (y una memorable vez también la persiguió un conejo). Después, llegaron los años de transición, cuando no era ni zombie ni calavera, e incluso sus compañeros de cementerio la miraban con cierto asco. Así que consiguió el permiso para quedarse en la tumba hasta que por fin fuera una bonita y reluciente calavera.
Sin embargo, el momento había llegado, después de tanto tiempo, Moll tendría que volver a pisar el cemento de los humanos y tristemente, no lo haría siendo una calavera preciosa, sino un simple y mundano saco de huesos andante.  Por lo menos, le había tocado el trabajo más fácil de la noche: asustar a jóvenes universitarios. Gracias a Netflix, Moll sabia que estos estarían demasiado ocupados estudiando como locos o bebiendo… como locos para darse cuenta de su presencia, de modo que podría deslizarse tranquilamente por sus vidas sin preocuparse demasiado por lo de asustar y centrarse en no ser asustada.
Finalmente, llegó la hora de salir a la calle de los horriblemente vivos. Con un suspiro, Moll chasqueó sus falanges para abrir el portal que, de hecho, era uno de los pocos privilegios que no le importaría perder. ¿Para qué quería ir al mundo de los vivos si podía quedarse calentita en su ataúd y limitarse de vez en cuando a visitar la biblioteca del Inframundo? Pero el precio para hacer esto era asustar unos cuantos humanos vivos (o al menos intentarlo) y, suspirando otra vez, Moll cruzó el portal.


Si Moll aún tuviera ojos estos le habrían caído de las cuencas de la sorpresa. Con la mandíbula colgando exageradamente, la calavera volvió a comprobar la dirección del papel. Sí. Esa era la casa. Moll se alegró de haber desobedecido ligeramente las normas y haberse arreglado un poco para la ocasión (llevaba su tutú de raso negro favorito y se había decorado los huesos con rotulador permanente), pues esa casa definitivamente lo merecía: estaba rodeada de  rodeada de tumbas y telas de araña que ondeaban con la brisa, Moll no pudo evitar sentirse como en casa. Aunque probablemente todo fuera falso.
—¡ Por fin has llegado! —susurró una voz con emoción detrás de su nuca. Moll giró el cráneo para ver quién hablaba (y de paso, si era un humano, asegurarse un primer susto). Con estupor, se encontró con la calavera más atractiva que había visto: no tenía ni una grieta  y se movía con una sorprendente elegancia para ser todo huesos viejos. Con una reverencia anticuada, dijo:
—Encantado de conocerte. Lates a tu servicio. Hacía mucho tiempo que te esperaba.
Moll musitó un “encantada” sin entender qué hacía esa calavera allí: había insistido en trabajar sola, pues así podía escaquearse sin que nadie la delatara.
—¿Es esta la casa número 13 verdad? Tengo entendido que en su interior hay 8 universitarias esperando ser asustadas —dijo finalmente, intentando sonar profesional.
—Esperando, esperando… no creo —respondió con media sonrisa la calavera, mientras se acercaba a mirar por la ventana, desde dónde se podía ver a las chicas dormidas en el sofá, mientras una peli de terror también intentaba asustarlas sin éxito—. Ummm, si están dormidas no podemos hacer nada ¿no? Vaya me suena que eso decía el reglamento —razonó Moll, que tenía previsto agarrarse a esa excusa con todas sus fuerzas.
Lates rió con fuerza pero, sorprendentemente, la mandíbula no se le desencajó.Moll lo contempló en una mezcla de admiración y desconfianza: era demasiado perfecto.
—Los cuerpos muertos y sus reglamentos. Sois adorables.
—¿Y tu no eres un cuerpo muerto? —preguntó Moll confundida.
—Claro, claro… —musitó la calavera mientras se alejaba por un caminito del jardín—. Ven, anda.
Finalmente, la calavera se sentó encima de una de las tumbas que adornaban la casa.
—Creo que tú y yo nos conocemos —afirmó con seguridad la calvera y, a continuación, dijo— He tenido que mover muchos hilos para que estuvieras aquí esta noche. ¿te he dicho que adoro vuestra burocracia? Es tan fácil de manipular…
—¿Quién eres? —preguntó Moll horrorizada, mientras mil teorías se disparaban en su cabeza. ¿podía ser que fuera un humano? No, los humanos tienen demasiada carne lo habría notado…
—No soy un humano— respondió con sencillez la calavera, mientras sus dos cuencas parecían mirarla con intensidad—. ¿No te acuerdas? —preguntó Later tras unos segundos, ligeramente sorprendido— Tú te ocupaste de que no lo fuera. Y la verdad, te lo agradezco.
Fue entonces cuando Moll recordó el episodio que había supuesto un castigo por el accidente mortal con ese humano, que fue la causa de su castigo y que ahora estaba justo ante sus cuencas. Los jueces habían pensado que el peor castigo para Moll, como calavera, era no poder subir al mundo de los humanos y, en ese momento, a ella le había parecido que más que castigarla le estaban dando las mejores vacaciones, pero ahora…
—Pero tú no puedes ser una calavera… —susurró Moll mientras retrocedía—. Yo lo comprobé en los registros…
Fue entonces cuando se dió cuenta de por qué los huesos de Lates eran tan artificialmente brillantes y perfectos: eran huesos de plástico.
—Eres un fantasma —dedujo, mientras el pánico la invadía.
—Exacto. Pensé que así no te asustarías. Me enseñaste muchas cosas esa noche —afirmó Lates con una sonrisa. Sin embargo, de repente, giró la cabeza bruscamente. Todos los huesos de Moll temblaron cuando ésta dió cuenta de que no estaban solos.


—No puedo creer que nos hayamos dormido. Que se duerma Mar, vale. ¿Pero el resto? —se quejó una de las universitarias.
—El examen de esta mañana de crítica no ha quitado todas las pocas energías que nos quedaban —respondió otra con un susurro.
—¿Pero estáis seguras de que es buena idea esto de ir a pedir truco trato? Ya no somos niñas, aunque algunas por mentalidad lo parezcan …
Moll no esperó a saber la respuesta, corrió tan rápido como sus huesos le permitían mientras que una gruesa oscuridad lo invadía todo. Lejos, Moll escuchó a Lates gritar que le esperara, pero Moll siguió corriendo, hasta que finalmente la envolvió la nada.


Al despertarse, todos los huesos de Moll temblaron al mismo tiempo, como si supieran que se acercaba la hora de volver al mundo de esos horribles humanos. Moll odiaba con cada una de sus vértebras la noche de Halloween y, por si fuera poco, llevaba cien años soñando con el mismo maldito sueño.




miércoles, 19 de abril de 2017

Emma va al cine

Las pelis de miedo y yo no nos llevamos demasiado bien. Bueno, yo no me llevo bien con ellas: me parece que ver una peli simplemente para pasarlo mal es absurdar y precisamente por eso siempre las he evitado a toda costa. Hasta el sábado pasado.

En ese cálido y feliz sábado de semana santa, mi familia y yo, que ibamos en el coche un pelín perdidos, descubrimos un cine. Tengo una ligera obsesión con los cines en general, que en las vacaciones alcanza un nivel crítico, en especial desde que han cerrado el videoclub y el cine del sitio donde veraneamos. Así pues, mis ojos no podían creer que allí, en medio de la nada, hubiese uno. Tan cerquita del piso. Cuando mis padres propusieron ir a ver una peli estaba sin habla de la incredulidad. En especial porque mi madre no comparte para nada mi amor por el cine, al contrario.

Esta se dirigió con pasos seguros hacía la taquilla. "Vamos a ver lo que hagan primero", chilló mientras todos intentábamos alcanzarla. Los cuatro nos quedamos mirando en silencio la cartelera, buscando sin demasiada suerte un título familiar. Mi padre propuso ir a ver la del "Bebé jefazo", pero mi madre, mi hermana y yo fingimos no escucharle. La única peli que hacían a esa hora (a parte del Bebé pesao ese) era Life. De repente me acordé de que había visto el tráiler con mi novio y que habíamos dicho de ir a verla: unos astronautas en su nave espacial. Nada de qué preocuparse.

O eso pensaba hasta que la señora de la taquilla nos preguntó si todos teníamos más de doce años. (Sip, en un mes haré veinte años pero hay gente que me pregunta si ya tengo los doce.)Entonces las alarmas de cabeza empezaron a retumbar, pero una parte de mi seguía siendo optimista: había visto un montón de carteles por Barcelona y los tres protagonistas parecían contentos y felices:



Claro que, por mala suerte, no había que la peli tenía un segundo cartel:


No hace falta que os diga que lo pasé fatal. De verdad, no estoy hecha para esta clase de películas. Mi hermana pequeña aún se ríe de mí: me pasé media peli abrazada a ella con más fuerza con un pulpo. Realmente no es una peli que te haga pasar miedo, sino que es de esas que te hacen pasarlo mal. El argumento es simple: seis astronautas están en una nave donde investigan la posibilidad de que haya vida en Marte, que la hay y, sea dicho de paso, es muy mala. Creo que lo que me hizo pasarlo tan mal (hasta el punto que temblaba) fue el hecho de que estubieran encerrados como conejos en una nave en medio del espacio...

Salimos del cine en shock.  Mi hermana fingía estar alegre, pero en realidad había pasado tanto miedo como yo. Mi padre no paraba de murmurar lo bien que nos lo habríamos pasado viendo la peli esa del bebé. La única que salió realmente contenta fue mi madre. Le había encantado la peli, la bióloga que hay en ella no paraba de dar palmaditas, mientras que yo, apretando aún los dientes de los nervios, sabía que no podría comer calamares o pulpos en mucho tiempo...

Pero bueno, que la peli no está nada mal. Que casi me provoque un infarto demuestra, sin duda, que cumple con su absurdo propósito de dar miedo y crear suspense. Si sois de los que difícilmente empatizan con los personajes, adelante, vedla.


Aquí tenéis el tráiler. Por lo visto debí quedarme dormida, o algo, porque, aunque enseña muy poco,  deja bastante clarito de que va la cosa.

La próxima vez haré caso de mi padre... 

jueves, 16 de febrero de 2017

Aqua gym

He decidido que iré a clases de Aqua gym. Sí. Exacto, como las abuelitas. Lo he decidido esta mañana, mientras nadaba en la piscina. Repito: esta mañana en la piscina. Para los lectores que no tenéis el placer de conocerme puede que os parezca una frase completamente normal y creíble, los que sí, sabéis que es un gran hito para mí: soy una perezosa de niveles olímpicos. Sin embargo, hace dos semanas que me he encontrado por casualidad a mi fuerza de voluntad y que, aprovechando que los jueves por la mañana entramos a la universidad más tarde, hago de sirenita en las aguas frías de mi piscina municipal.
¿Os dáis cuenta de lo masoquista que me he vuelto? Estoy malgastando mi bonita mañana libre en ver a señoras y señores en bañador cuando podría estar en mi camita leyendo o en mi sofá viendo Netflix. Pero claro, tener al mundo entero chillando que es importante hacer ejercicio hace que una haga ciertos sacrificios. Estar escribiendo esto en lugar de aprovechar de la media horita que me queda también es un gran hito para mí.
En realidad me gusta ir a la piscina (una vez superada la odisea de encontrar el gorrito, el bañador de colores y las gafas). Es bajo el agua donde puedo encontrar a la Emma zen. De verdad, nadar me relaja un montón, es de las pocas veces que mi imaginación descansa un poquito (el problema es luego, en la clase de cine, cuando la Emma zen no se entera de nada porque sigue flotando).

Bueno, me relajo el primer cuarto de hora nadando, luego simplemente me aburro y acabo haciendome de delfín*. También me vienen unas ganas locas de hacer el bombero** o el muerto (con la esperanza de asustar al guapo del socorrista), pero, ya sabéis, mi pueblo es pequeño y tengo una reputación que mantener.

Volviendo al Aqua gym, mientras nadaba con mi agilidad natural (já, mentira), ha empezado a sonar una canción (esa de I'm sexual), y con sorpresa he visto como una hilera de abuelitas empezaba a dar saltitos dentro del agua, siguiendo los graciosos movimientos de mi antiguo monitor. Era un espectáculo genial y una vocecita en mi interior ha susurrado: "Emma, ¿sabes que creíamos que no se nos daba bien ningún deporte? Este sí. Hemos nacido para esto." La vocecita en cuestión quería nadar hasta la hilera y acoplarse, pero al final la vergüenza nos ha vencido y hemos decidido observar y esperar.

Después de considerar que ya había ido arriba y abajo de la piscina suficientes veces, he ido corriendo con mi fantástico albornoz y gorrito hasta la recepcionista.
- ¿Qué tengo que hacer para hacer eso?
He preguntado con timidez. La recepcionsita, que hasta ese momento estaba canturreando aburrida, me ha mirado con curiosidad.
- ¿Hacer el qué?
- Ya sabes... aqua gym. ¿Tengo que apuntarme o algo?
Ahora me miraba con doble curiosidad, porque, ya sabéis, aunque tenga las aficiones de una, no soy una abuelita.
- Te llamas Emma, ¿no? Espera que lo miro. Depende de lo que pagues.
- ¿Puedo?- he preguntado con nerviosismo, mientras ella tecleaba en el ordenador.
- Querida, con lo que tú pagas puedes hacer lo que te dé la gana***. Incluso el bombero o la croqueta por el césped. Únicamente tiener que ir y empezar a dar saltitos.
Vale, no ha dicho esto. Pero casi.

Y así, lectores de este blog, es como he decidido a qué voy a dedicarme el resto de los jueves por la mañana de mi vida (bueno, de este semestre), aunque, si os soy sincera, ya me da pereza.

- Emma



* en el mundo de las piscinas eso es tocar las baldosas del suelo para luego nadar muy rápido hacia la superficie.
** coger las bolas de plástico que separan los carriles y arrastrar el cuerpo.
*** En realidad yo no pago nada. Todas mis aficiones son amablemente patrocinadas por mis padres.

martes, 20 de diciembre de 2016

Cómo NO ligar

Esta es, sin duda, una de las entradas más personales que haré así que sed buenxs conmigo.  Llevo un tiempo con novio, pero antes de eso mi vida amorosa y la de una piedra eran iguales. Si no me créeis, seguid leyendo y así podréis admirar mis dotes para el ligoteo. Aquí van mis consejos:

1. Si te invitan dí que no. 
 Pasó en la Universidad, (en realidad ni siquiera sé si realmente quería ligar conmigo pero a mí me gusta decir que sí). Un chico con el que me hablaba en clase me pidió los apuntes y a cambio se ofreció a invitarme a algo. La cosa fue más o menos así:
-De verdad, Emma, muchas gracias. Te invito a lo que quieras.
- Oh no, tranquilo. No me molesta.
- Ah vale, guay.
- Eh.. pero bueno ahora que lo dices me apetece una fanta. Y ummm, un donut.
Después de invitarme con una sonrisa forzada nunca se supo nada más del señor de los apuntes.

2. Pero si el que te invita es un australiano guapísimo, por dios, dí que sí. 
De las pocas veces que una parte de los ángeles de Dante nos hemos aventurado juntas a una disco, LIGUÉ. De verdad, puede que ellas no lo recuerden (o lo nieguen)  PERO LO HICE. Y... lo mejor de todo es que era GUAPO. Como siempre estuve muy elocuente, muy coqueta:
- Hello! What's your name?! (leedlo con acento australiano, por favor).
- Emma.
- Ah, nice. Do you want a beer?
- No.
- Oh. Are you underage?
- No.
Fin. Ya me podéis matar.

3.Cuando realmente ligas sin querer y encima son bordes contigo. Dos hombres americanos se pusieron a hablar conmigo y una amiga por fin de año y, yo, que me esfuerzo en hablar en inglés me sueltan:
- Tienes algo...
- Qué?
- Que tienes algo en los dientes.
- Ah gracias.
- De nada.
ummf, umfff, ummmf

También está la vez que un viejo verde se ofreció a comprarme ropa, la que un hipster de pueblo confesó llevar gafas sin cristal, la vez en la que un italiano intentó bailar una lenta conmigo en la misma disco del australiano o ese francés que lo único que sabía decir en castellano era "Pero yo te quiero", o eso parecía.  Y... bueno creo que voy a parar de contar mis desastres amorosos porque me estoy deprimiendo.

Para demostraros que no soy un completo cero en estas cosas voy a dramatizar para vosotrxs la única vez que estoy orgullosa de haber ligado (y sí, también hice muestras de mi ingenio y de mi coquetería):
- No me gusta mucho ir por Barcelona de noche-. farfulló el afortunado ganador la primera vez que nos conocimos.
- Ahhh, pues tranqui que yo tengo conocimientos ninjas y te defenderé.
(Cabe destacar que él me saca dos cabezas. Lo niega pero yo sé que lo conquisté por decir eso).




viernes, 11 de noviembre de 2016

Una inocente vampira

Ser vampira era mucho más aburrido de lo que la Eleonor humana hubiera supuesto. En los libros las vampiresas siempre van con largos y elegantes vestidos y el sexo o las orgías llenas de sangre son la norma del día, o, en este caso, de la noche. Sin embargo, tras cien años chupando sangre, Eleonor solo tenía un vestido mínimamente aceptable, y, por si fuera poco, seguía siendo virgen. Claro que esto último cambió cuando conoció a B., pero no debemos adelantarnos a los hechos.
Eleonor nunca había destacado por la belleza, y, en contra de lo que dice Stephanie Meyer, cuando se volvió una chupasangre siguió sin destacar, quizá incluso menos. No puede favorecer a nadie tener la piel de un blanco tirando a gris, colmillos largos y algo torcidos y unas ojeras dignas de un adolescente con un videojuego nuevo.
 Si Eleonor tuviera que elegir lo peor de ser una vampiresa no serían las interminables reuniones de los VUCMI[1], terriblemente parecidas a las de los alcohólicos anónimos, ni el deseo irrefrenable de chupar los tampones de los baños públicos. No. Sería tener que soportar durante cien años ese tedio horrible y apático que la perseguía hiciera lo que hiciera. Un siglo de aburrimiento podía convertir en psicópata a cualquiera, aunque fueras un VUCMI. Pero Eleonor tenía un plan para escapar de el tedio de una vez por todas. Y sí, B. estaba implicado en él.
De modo que quizá ya sea hora de que os explique quién es B. y por qué esta inicial no para de aparecer en esta historia. B. y Eleonor se conocieron a través del blog del chico. Tras un siglo de anonimato, la  vampira no pudo evitar corregir todas las chorradas que el chico soltaba en su página: que los vampiros brillaban, que eran enemigos de los hombres lobo, que el sol no les molestaba (ya le gustaría a ella). Y para sacar al pobre chico de su error, Eleonor no tuvo reparos en presentarse en su casa. Allí descubrió dos cosas: que en realidad el chico no creía nada de eso sino que solo escribía fanfiction de Crepúsculo (por muy triste que suene) y que los fans de Bella asustados pueden ser terriblemente atractivos.
Eleonor no tardó en obsesionarse en esos ojos de cervatillo a punto ser cazado e hizo todo lo que pudo para conquistarlo. Su plan A fue adoptar la actitud del protagonista de los conocidos libros juveniles. Pero tuvo que cambiar rápidamente de estrategia: visitarlo noche tras noche sin decir nada y seguirlo en los sitios menos pensados para decirle "aléjate de mí, yo no soy buena para ti" no era, sin duda, el mejor plan. De modo que pasó a intentar hacerse amiga del chico, mientras este le intentaba hacer ver que la frase "no podemos hacer el amor, soy demasiado fuerte. Te haría daño" era increíblemente absurda ya que ella ni siquiera podía abrir una bolsa de patatas sin pedir ayuda y nadie había sugerido hacer el amor. Pero eso no tardó en cambiar: lentamente B. fue enamorándose de la chica rarita que le perseguía por todos lados y por suerte para todos, no hubo necesidad de pasar el plan C, cuyo contenido ignoro.
Lentamente, lo que había empezado siendo una historia de malentendidos y acoso, se fue convirtiendo en una casi perfecta historia de amor. Casi porque a Eleonor le daba miedo los VUCMI no vieran con buenos ojos su relación con B. (podían ser muy quisquillosos si querían). Por eso Eleonor decidió esconderse con B. en un viejo y abandonado restaurante de comida rápida del centro.
Por primera vez desde su muerte, Eleonor podía considerarse feliz: sus noches transcurrían en un sin fin de besos con un ligero sabor a sangre y de susurros de amor prohibido.  Pero esa felicidad no tardó en evaporarse tan rápido como había llegado, y con ella, las esperanzas que Eleonor tenía puestas en ese intento de historia de amor. El aburrimiento hizo, de nuevo, una entrada triunfal en la vida de la chica y, como siempre, parecía prometer no irse jamás. Toda la culpa era de B., quien harto de esconderse entre kétchups y freidoras, se pasaba el día de morros y deprimido. Las palabras de amor eran cosa del pasado e incluso era difícil que B. pronunciara algo más que un mal humorado monosílabo.
Eleonor, intentando escapar de ese mal humor con ojos y patas, empezó a ir al mayor número de reuniones de los VUCMI posible (donde había un par de vampiritos muy monos, como Filipo, el de los colmillos brillantes) y a frecuentar las bibliotecas y las aulas de las universidades, donde la vampira descubrió que B. no era el único chico con esos irresistibles ojitos de conejito a punto de ser descuartizado. De repente, la muerte en vida de Eleonor se volvió muchísimo más divertida. Le encantaba perseguir a esos chicos con cara de estar perdidos hasta que caían en sus redes, y, entonces, perderse en un único y apasionado beso con sabor a sangre.
Por primera vez, Eleonor descubrió que ser una vampira podía ser algo terriblemente genial. Le era imposible evitar reírse en las reuniones de los tristes de los VUCMI: aquellos hippies no sabían lo que se perdían.  En esos momentos Eleonor incluso se hubiera atrevido a decir que era feliz si no fuera por un pequeño detalle: el gruñón de B. El chico parecía sorprendentemente molesto de las continuas ausencias de su novia y reclamaba su atención.
Ahora que la vampiresa tenía un poco más de experiencia en el amor, se dio cuenta de que estaba harta de B. y de todo lo que se había perdido por su culpa: odiaba a ese chico obsesionado con Bella Swan  y sus ojos tristes que solo sabían expresar miedo y rencor. Y quizá por eso, en las contadas veces que se besaron, Eleonor no pudo evitar centrarse en la sangre y los mordiscos, y olvidarse de los besos y el amor. Hasta que finalmente B. (o lo que quedaba de B.) dejó de ser un problema.
La vampira, sin embargo, no se dio cuenta que eliminando a B. de su camino, estaba creándose un problema mucho más grande: los VUCMI no verían con buenos ojos todo lo que ella había hecho, y, pese a todos sus cuentos pacifistas, podían ser muy sádicos cuando se trataba de castigar a una vampira culpable.






[1] Vampiros Unidos Contra Morder Inocentes

sábado, 15 de octubre de 2016

El sueño de Florence Foster Perkins




Florence Foster Jenkins era una cantante terriblemente pésima*. Y, sin embargo, fue el disco más vendido de una discográfica y cincuenta años después de su muerte se ha estrenado una película basada en su vida y protagonizada por la insuperable Meryl Streep. Probablemente os preguntaréis por qué hacer una película de una mujer cuya mayor virtud fue cantar mal y precisamente esto es la que intentaré responder en esta entrada.

Cantar mal no es un problema cuando se tiene dinero y Florence tenía mucho. Gracias a eso podía pagarse el mejor profesor (que la engañaba totalmente diciéndole que era la mejor cantante) o conseguir cantar en los mejores teatros: si hay dinero de por medio, la gente no duda en aplaudirte por mucho que desafines más que una gata dando a luz.

Y gracias al dinero y a un marido que lucha con garras y uñas para mantener la ilusión (representado por Hugh Grant, uno de mis primeros amores platónicos) Florence realmente creerá que es una gran cantante y no dudará en compartir su "don" con todo el mundo.



Únicamente hace falta ver su cara para saber que realmente lo cree.

Pero es la ilusión y pasión con la que canta lo que hará que se gane a fieles seguidores como su  pianista (interpretado por Simon Helberg, cuyas expresiones de desconcierto son magistrales) o una chica que pese prometer ser una odiosa rubia tonta** al principio, lentamente se convertirá en mi personaje favorito de la peli. De modo que pese a ser una cantante pésima, su voluntad y pasión si son dignas de admiración y aplausos.

Y es que Florence Foster Perkins amó la música toda su vida. De pequeña fue una gran pianista y más tarde, debido a una malatía (estoy intentando hacer los mínimos spoilers posibles) y a la negativa de su padre, pasará a producir los mayores eventos musicales del Nueva York del momento. Hasta que, finalmente, se decida a hacer lo que realmente desea: cantar.

Por todo esto, Florence es sin duda un ejemplo a seguir. Ella tiene claro su sueño y luchará para conseguirlo y compartirlo con el mundo, no importa que sea mala o buena. Y ya puestos ¿quién decide que alguien es un verdadero artista? ¿No depende todo de la perspectiva? Quizá ya estoy empezando a divagar, así que voy a parar aquí.

Antes de acabar pero voy a aprovechar a decir que he decido que Florence es también una de mis Emmas: ella también ha creado un mundo paralelo al real donde poder ser feliz. Y yo, por mi lado, estoy intentando ver la vida desde su perspectiva: no importa si opináis que soy una mala escritora, lo importante es que pienso escribir con la misma pasión que ella cantó.

- Emma



Esta es, sin duda, la mejor escena de la película



* (Si queréis escuchar a la verdadera Florence Foster Perkins para haceros una idea de lo terrible que era clicad aquí)
** yo misma soy una rubia tonta así que puedo permitirme el lujo de decírselo a otras.




"Some may say I couldn't sing, but no one can't say I didn't sing."




domingo, 25 de septiembre de 2016

Emma

Bienvenidos!

Soy Emma! Mi nombre nace de dos Emmas de la literatura: Emma Bovary y Emma Woodhouse. Y antes que nada, debería aclarar que ni una ni la otra me caen demasiado bien. Son, en cierto modo, demasiado parecidas a mí.
Y es que las tres compartimos algo que en cierto modo siempre me ha definido: no nos gusta la realidad (demasiado previsible y aburrida quizá) y por eso tendemos a volver a dibujarla a nuestro gusto, sin tener demasiado en cuenta la opinión de los demás. Eso tiene sus inevitables consecuencias (el suicido en el caso de Bovary, el matrimonio en el de Woodhouse y en el mío supongo que colaborar en este blog).
Es importante dejar este punto claro, puesto que esto es precisamente lo que haré en mis entradas: mostraros una realidad un pelín decorada a mi gusto, mientras finjo hablaros de películas, experiencias o, en especial, de libros. Además de quejarme, claro está. Quejarme mucho. Ya que esta es otra de las fantásticas cualidades que comparto con las dos Emmas.

Hasta pronto,

-Emma-