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miércoles, 31 de octubre de 2018

El tren

Las diez de la noche. Un tren lleno. Una mujer cansada que solo quiere llegar a su casa. Lleva casi 48 horas sin dormir y todavía le queda una más para llegar a la estación. No pasará nada si cierro los ojos unos minutos...

Una inquietud la despertó. No fue un sonido, sino simplemente la nada, un penetrante silencio: ni el motor del tren, ni el chirrido que este producía en su paso por las vías, ni las conversaciones de los pasajeros. Abrió los ojos y se encontró con la completa oscuridad. El tren se había detenido en pleno trayecto: a la derecha podía ver un par de vías, a la izquierda el campo iluminado por la luz de la luna.
La ansiedad la inundó. Respira, respira. Se habrá detenido un momento. Miró la hora: las tres. ¿Cinco horas? Habían pasado cinco horas? ¿Por qué nadie me ha avisado?
De repente, una voz ahogada la sobresaltó. Al principio no podía distinguir palabra alguna, pero al escucharlo por quinta vez supo descifrarlo:
Ayuuuuuuda
Venía del final. La mujer se levantó y se dirigió hacia la agonizante voz. Sus ojos se empezaban a adaptar a la falta de luz: ya podia distinguir los diferentes asientos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… llegó al fondo del vagón. Al principio no encontró a la dueña de la voz, pero un gorgoteo le indicó que se encontraba debajo de los asientos. Se agachó y una mano huesuda le agarró la muñeca con tanta fuerza que pensaba que se la iba a romper.
¿Señora? Calmese, estoy aquí, déjeme ayudarla a levantarse.
Noooo dijo, sollozando―, se han ido, pero van a volver, escóndete niña, corre mientras puedas o acabarás como los demás…
―¿Qué... qué ha pasado?
Ya vienen, los puedo sentir...
Le agarró el otro brazo y tiró de ella con mas fuerza que la que debería tener una persona de tan avanzada edad. Cayó encima de ella, pero la anciana pareció no percatarse.
El sonido de algo arrastrándose le llegó a los oídos. Era un sonido indescriptible, algo que parecido a lo que produciría una garganta ahogándose. Se asomó: dos sombras estaban en la puerta del vagón, intentando entrar. La mujer tuvo el impulso de levantarse para pedirles ayuda pero algo, un instinto de supervivencia, activó señales de alerta en su mente. Tenía miedo, notaba como el pánico intentaba escarbar en sus sentidos, sentía como se paralizaba y horribles escalofríos le recorrían la nuca y la espalda. Decidió confiar en su instinto y quedarse quieta. Intentó moverse para no aplastar a la anciana pero esta se lo impidió agarrándola mas fuerte. Notó algo húmedo en la espalda y en las manos. La anciana estaba temblando debajo suyo.
Unos segundos más tarde, las dos figuras entraron en el vagón. La mujer tuvo que contener un grito cuando la luz de la luna los iluminó: la figura que iba delante parecía encontrarse en plena metamorfosis. En algún punto fue una niña de unos doce años pero ahora su piel se estaba volviendo translúcida, los músculos se le estaban deshaciendo y su espalda se estaba encorvando alarmantemente. Todavía tenia rastros de ropa y de pelo, pero su cara se estaba desfigurando: no tenia ni labios ni párpados, sus globos oculares eran opacos y reflejaban una increíble sed de sangre. La criatura que la seguía predecía el destino de la chiquilla: un ser esquelético cubierto de una fina piel que colgaba en algunos puntos, unas enormes cuencas vacías, unos colmillos amarillentos que se confundían con el resto del cráneo, unas largas uñas y unas orejas puntiagudas. La anciana agarró con más fuerza a la mujer.
Shhhh. Wendigos, son wendigos... no nos pueden ver, pero perciben las vibraciones y los sonidos, así que calla muchacha.
La mujer le clavó las uñas en la mejilla. Le estaba haciendo daño. Los dos wendigos pasaron por delante. Un metro, dos metros, tres...
Respiró con alivio. Estaban entrando al siguiente vagón. La anciana apretó con mas fuerza. La mujer intentó liberarse, pero era casi imposible. Le estaba clavando las uñas en la mejilla y su otro brazo le oprimía el pecho. Intentó empujar el brazo y con ello un trozo de carne salió volando. El pánico inundó sus pulmones.
Estate quieta niña, solo será un momento. Tengo hambre...
Luchó, se movió. Consiguió ensanchar el agarre unos centímetros. Levantó la cabeza y vio que lo que antes había sido una mano anciana, ahora se había convertido en un mar de garras conectadas a algo esquelético. En su oído empezó a escuchar el mismo sonido que las dos criaturas habían emitido hacía apenas unos minutos. Consiguió liberar el brazo derecho. Se agarró al marco de la ventana y se puso en pie usando toda su fuerza. Lo que antes había sido una anciana agonizando se le agarraba ahora en la espalda como una garrapata. La mujer se lanzó de espaldas contra la pared, esperando que el golpe la liberara. La wendigo empezó a gritar. Era un grito espeluznante: aterrador, penetrante, horrible. Miles de clavos se le incrustaron en la cabeza. Un grito semejante al de la anciana sonó a la derecha de la mujer, otro más alejado, dos a la izquierda. Los wendigos de antes estaban volviendo.
Notó algo caliente y húmedo en la oreja derecha. Instintivamente se llevó la mano a la oreja y con sorpresa se dio cuenta de que no estaba. ¡Se la había arrancado! ¡Y podía oír como la estaba masticando! Aprovechó la distracción para finalmente liberarse propinando tres golpes secos a la cabeza de la criatura.
Liberada, echó a correr hacia la puerta de salida. La anciana la empezó a seguir. Los dos wendigos se le unieron. Apareció un tercer wendigo. Y otro más. Cogió carrerilla, se impulsó con los asientos y propinó una patada a las puertas, pero estas se resistieron. Venga, venga, vamos... Otra patada. Un ligero movimiento le indicó que estaba funcionando. Los wendigos estaban demasiado cerca. La última patada: las puertas cedieron.
Le esperaba una pequeña pendiente de unos diez metros. Dudó. Uno de los wendigos le agarró el brazo. Se tiró y cayeron los dos. Empezó a rodar incontrolable. El wendigo se desprendió de ella y se precipitó hacia una piedra. Ella tuvo más suerte: aterrizó en el pasto. Se mantuvo unos segundos tumbada, recuperando el aliento.
Se levantó lo más rápido que pudo y echó a correr.
Le picaba mucho la piel, le dolían las manos, se le estaban resecando los labios de una manera muy anormal. Se miró las manos: su piel se estaba cayendo, sus uñas se estaban endureciendo. No, no, no, no...
Un chillido agudo detuvo su paso. Se quedó paralizada. Algo estaba al acecho. Otro chillido acompañado por un aleteo. Miró hacia arriba. Una veintena de enormes criaturas aladas estaban rodeando el tren. Tenían cabezas de cabra, cuerpos humanoides y alas de murciélago. Las criaturas demoníacas sobrevolaban los wendigos. Unos cinco wendigos echaron a correr hacia ella: una de las criaturas aladas se precipitó hacia ellos y los engulló en un solo movimiento.
El cielo temblaba, mejor dicho, chillaba: las nubes estaban tintadas de un rojo escarlata. De repente, un tentáculo oscuro se asomó por una de ellas acompañado por un penetrante rugido.
Se empezó a marear. ¿qué estaba pasando?
El infierno, esto es el infierno.



miércoles, 26 de abril de 2017

¡Pan!


¿En qué piensas?


Eeeem... en nada en concreto.



Llevas diez minutos mirando esa miga de pan, la que se te ha caído cuando desayunabas. Dime, ¿en qué piensas?



No tiene sentido que te lo explique. Lo sabes perfectamente, lo que pienso.



Ya. pero es mejor que lo digas tú. 
Desembucha.



No sé que hacer con mi vida...



No, eso no es lo que te pasa. Di la verdad.



Pero... ¡Es verdad! Tengo miedo... todo el mundo sabe lo que quiere hacer... están predestinados a hacer algo. Yo... yo no tengo ningún tipo de pasión. Ni oficio, ni beneficio. Nada de nada.



No digas tonterías. 

Primero, no me seas egoísta. Diciendo esto, estás asumiendo que solo TÚ estás sufriendo. 
Segundo, esa negatividad... parece que llames a gritos que necesitas atención. 
Claro que tienes pasiones, no te las niegues, porque entonces sí que dejarás de tenerlas.


Es que todo el mundo parece tan seguro, confiado, decidido... yo me aburro en el presente, en la cotidianidad, el día a día... y no miro más allá: no aspiro a nada.



Eso lo haces porque tú quieres. Eres muy capaz de conseguir lo que te propongas. Tu problema es que te has acomodado demasiado bien en el flujo del presente. 

No aspiras a nada porque no quieres, eso es lo que quiero decir... Vamos, que la pereza te puede.


No es pereza... ¡es miedo!



Es pereza.



… ¡miedo! Miedo al fracaso.



De acuerdo, eso te lo acepto. Es pereza y cobardía. 



¿por qué eres así? Me estás haciendo sentir peor...



Soy así por tu culpa. Si sigues así, te acabarás hundiendo de verdad. No serás nada, una miseria. Serás como esa miga de pan que tanto miras y que ahora estás desmigajando todavía más. Serás un resto de lo que eres, un fragmento de lo que fuiste... Del mismo modo que una miga fue pan.


¡No quiero ser una triste miga! ¿qué debo hacer? ¿por dónde empiezo? 



No lo sé, eso lo tienes que descubrir tú. Por mi parte, no puedo hacer nada más. 
Yo ya he cumplido. 


Entonces, te dedicas a criticarme por mis acciones, o... mis no-acciones y luego dices que no puedes hacer nada, que no sabes como arreglarme. Eso es contradictorio. ¡Es injusto!



¡¿Injusto?! 
Si te digo que no puedo hacer nada ¡es porque no depende solamente de mí! ¡No voy a empujar solamente yo el carro! Ya lo he hecho durante demasiado tiempo... E inútilmente. 
No puedo ayudarte porque hay un obstáculo que me lo impide: y ese obstáculo ¡eres tú! 
  

Vale, vale... lo intentaré.



No, ''lo intentaré'', no. Lo harás. 
Por nuestro propio bien.




Y así, colocó su dedo índice encima de los restos del pan y presionó hasta que se adhirieron todos. Se levantó y a continuación se dirigió con paso ligero hacia la cocina. Allí, se posicionó delante de la basura y con la punta del pie, presionó la palanca que abría la tapadera y, antes de tirar la miga desmenuzada, murmuró: 


No permitiré convertirme en una miga de pan. No soy una miga ¡SOY PAN! 


Dejó que los pedazos se desprendieran lentamente del índice y, finalmente, con un golpe cargado de energía, cerró la tapa de la basura.

- Alice.

jueves, 2 de febrero de 2017

Reflexiones II: Corrupta

Vacía. Su mente estaba vacía.

No porque era una ignorante, no, era más bien lo contrario: sabía demasiado. Demasiado sobre el mundo, sobre como funcionaban las personas, sobre lo que pensaban y dejaban de pensar: sus respuestas y acciones. Conocía los mecanismos de la realidad, esos que la mayoría ignoraban. Ella no lo hacía: no podía hacerlo. Simplemente lo obviaba. Y no lo hacía por desinterés o por falta de importancia, no, era por su propio bien.

Si se detenía a pensar, si paraba de avanzar y analizaba con demora lo que se le había presentado, se rompía. Se ahogaba. Su mente se poblaba de pensamientos distintos, se convertía en un mar en el que desembocaban ríos cargados de agua putrefacta y sucia, con corrientes tan fuertes que desmoronaban el curso natural del oleaje y hacían que los flujos tranquilos, los calmantes, colapsaran, se rompieran violentamente.

Ya se había encontrado en esa situación con anterioridad. Aunque nunca estaba segura si había conseguido salir de esta o simplemente el mar se había acostumbrado a la ferocidad. Así, al hacer eso solo estaba silenciando una alarma. Los pensamientos contaminados seguían paseándose en su cabeza. Seguían ensuciando su casta mente. La corrompían por dentro.

Pero ella lo ignoraba: encontraba una distracción en la que se apoyaba llena de esperanza, hasta que esta dejaba de surtir efecto, entonces iba en busca de otra. Ella pensaba que la llenaban, que purificaban su mente. Pero solo eran parches que se gastaban y que resbalaban por el propio peso de la mugre.

¿Qué hacer con su mente? No era tan sencillo como coger todos esos pensamientos y tirarlos a la basura. No era tan sencillo como soltarlos y quemarlos. Como apagar un interruptor. 

...

EGOÍSTA

yo, yo, yo.

No se daba cuenta. Pensaba que era única, diferente, destacable: se equivocaba. 


Ella había creado su propia prisión, su mundo, se había acomodado y al darse cuenta de la naturaleza de su creación, intentaba retroceder, cavar un túnel con una cuchara de plástico. Todo esto sin ver que la puerta estaba abierta, que con solo pensarlo la podía atravesar.

El mundo era corrupto, pero ella también.


- Alice.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Mi primer trabajo

Últimamente he estado pensando mucho en mi primer trabajo. Fueron solo dos meses y durante el verano, pero recordándolos ahora, tras un tiempo, parece que hubieran sido dos días. Vale, puede que en aquel momento hubiera acabado harta de la gente y hubiera acabado sin ganas de vivir pero con la cartera más gordita. Pero como experiencia en general, me lo pasé muy bien y, jo, lo echo de menos. Jolín, fue mi primer trabajo, eso quedará marcado para siempre. 
A veces echo de menos a los compañeros aunque a veces fueran insoportables, incluso también a las encargadas.

¿Y anécdotas? Oh, de eso tengo mucho. Y no os penséis que os libraréis de ellas. Antes de nada, me voy a poner un poco melancólica.

Debo admitir, que lo pasé fatal las primeras semanas (concretamente las dos primeras). No conocía a nadie – algunos de vista – y mi gran capacidad para socializar(nótese la ironía)me hizo incapaz de entablar una conversación normal con ellos. Yo no hablaba con nadie y, recíprocamente, nadie hablaba conmigo. Y no les culpo: fui yo la que se encerró. Lo se, lo se... es una cosa que trato mejorar... darme tiempo. Pero una vez empecé a coger confianza, fue cuando me lo empecé a pasar bien. No nos podíamos considerar amigos (tampoco lo queríamos) pero se creó un ambiente muy bueno y ese es otro de los motivos por los que guardo tan buen recuerdo de ese sitio. Incluso mis encargadas eran geniales y eso ya es tener mucha suerte.

Bueno, ¿estáis listos para las anécdotas? Porque aquí vienen.

PRIMER DÍA:
Empecemos por el principio: mi primer día. Por si no lo sabíais, el trabajo era de cajera/re-ponedora de supermercado. Era un supermercado nuevo, pero literal: cuando entré, hacía una escasa semana que lo habían inaugurado. Pero no os penséis que era el típico supermercado pequeño de pueblo: no, era una nave enorme. 
En realidad, no es verdad que ese fuera el primer día: había estado haciendo una prueba (en la que estuve una jornada completa en el puesto de cajera) el día anterior y me asignaron a ese supermercado.
Bueno, que empecé ya oficialmente en ese supermercado enorme. Poneos en situación: ocho de la mañana, Alice nerviosísima y muerta de miedo. Se acerca la encargada y le dice ''ven conmigo''. Cágate lorito. Alice sigue a la encargada arrastrando sus pies y sudando la gota gorda. Entran en el almacén. ''tenemos ya muchas cajeras. Tú a repostar''. ¡¿QUÉ?!. Aquí es cuando a Alice le da un leve jamacuco. ''eemm... pero... yo no se qué tengo que hacer... solo he hecho la prueba de cajera''. La encargada pone los ojos en blanco y resopla. ''Ven conmigo, es muy fácil. Estamos en el almacén. ¿te has fijado que falta pasta? (no, no me había fijado. Como para fijarme). Pues, buscas la pasta, coges un carro y vas rellenando. Listo, chau. Ah, por cierto, como la nave es nueva, tenemos el almacén hecho un cristo. Suerte encontrando la pasta. Ale, me voy a hacer cosas de encargada''.
Vale, puede que fuera más sutil. Pero si, el almacén era la cosificación del caos. Estuve más de media hora buscando la maldita pasta. Pluma nº 6, aún me acuerdo. Al final, se me acercó un genial señor del almacén que me intentó ayudar (sin ningún éxito). 
… acabé la jornada colocando los doscientosmil productos sin gluten que acababan de llegar. Y ese fue mi primer día.

A las dos semanas me fueron cambiando de cajera a re-ponedora y al final me quedé de cajera.

Las dos siguientes anécdotas sucedieron cuando me encontraba en la caja.

EL HOLANDÉS HERRANTE CASCARRABIAS:
Debo admitir, que era una cajera bastante buena. Tampoco destacaba mucho, pero sí que fue la que más dinero hizo durante casi una semana consecutiva (it's something).
Por lo tanto, he atendido a tantos clientes que no me acuerdo casi de ninguno. Pero hay algunos que destacan entre el resto, oh si destacan... madre mía si destacan. Uno de ellos es este holandés.
Es una historia tan absurda, que de absurda da rabia.
El caso, es que le pasé los productos y le iba a cobrar. Vale, perfecto. Si no recuerdo mal, la compra le salió por unos 9,97 o algo parecido. Él me da un billete de 10€. Espero por si me quiere dar el pico. Nada. Lo apunto en el ordenador, abro la caja y cojo los tres céntimos de cambio. Cierro la caja. Se los voy a dar, cuando me quiere dar los 0,97€ para que yo le devuelva un euro. Aquí es donde la cosa empieza a torcerse. Una vez he anotado el dinero, abierto la caja y cerrado, no se puede cambiar nada. Solo la encargada puede hacerlo. Le digo al señor que no puedo. Veo que empieza a ponerse nervioso. Me pongo nerviosa. Aquí es cuando me bloqueo: empiezo a repetirle ''no puedo'' y a negar con la cabeza. Él imita mi gesto y me empieza a gritar en holandés (estoy segura, por la entonación, que cayó algún que otro insulto). 
Lo peor de todo es que no estaba solo: su hijo – que debería tener mi edad – lo miraba y por su cara, estaba deseando que se lo tragara la tierra. Miro al hijo con cara de súplica. Él lo intenta calmar y recibe más gritos por parte de su padre. Al final, el padre, me tira los tres céntimos y se marcha. Y el pobre hijo me pide perdón.
Bonito, ¿verdad? Aún lo pienso y me sabe fatal por el pobre chico: vaya padre le ha tocado. 
Ahora me acuerdo de la situación con cierta ironía, pero en ese momento casi me deshago en mil pedazos y me convierto en polvo y adiós mundo.




LOS RUSOS QUE NO PARECÍAN RUSOS 
por no decir humanos
En serio, tenían más plástico en la cara que la Barbie. Pues eso, les paso la compra y cuando les voy a cobrar, me quieren dar un billete de 500€. La empresa no aceptaba los billetes violetas, a ver, es lógico: si era una compra mínima a 400€ las cajeras nos quedaríamos sin cambio. Así que le dije que nanai. Tuve la gran suerte que la encargada estaba detrás mío, porque el ruso me empezó a gritar ya que no tenía otro billete más pequeño y me demandaba hablar con mi jefa. Pensad que esto fue posterior a la situación del Holandés: no iba a dejar que me volvieran a tratar de la misma manera. Me giro con toda la elegancia del mundo y le digo a la encargada lo que está pasando. Y como ella es una mujer de armas tomar, los puso finos filipinos (en serio, esa mujer tiene mucho carácter). Al final pagaron con tarjeta y yo recibí unas grandes y preciosas miradas cargadas de veneno y de botox.





Y me pasaron muchas más cosas. Como un día, que me pusieron en el puesto de la fruta y fue tan aburrido que me dio tiempo a escribir el argumento de un libro en una etiqueta que ya no servía.

Y la primera vez que tuve que usar el megáfono (¿micrófono?¿megáfono?), que me salvé porque a la chica a la que iba a llamar, apareció por la esquina y la llamé de manera eufórica a base de gestos. En fin... muchas cosas, muchos recuerdos: tanto buenos como malos.

Y esta es la entrada. 

Ya lo se, ya lo se... no estoy publicando nada de lo que dije que publicaría en mi presentación. La vida es así ¿no? Dices unas cosas y luego haces otras... de todas maneras, estoy cocinando una entrada más creepy. ¿cuando la publicaré? Ah, eso no se sabe.

Pues eso, espero que os hayan gustado mis aventuras por el mundo laboral y mundano. Y eso, que...

hala, adiós.
- Alice.






domingo, 6 de noviembre de 2016

Las pesadillas de Alice I


Ya que nada más he publicado dos entradas yo sola, he decidido compensaros abriéndome un poco con vosotros y confesando mis mayores pesadillas. Y si, queridos amigos, esto será una serie. Pero no os preocupéis: solo habrá dos partes porque mira, soy especialita y tengo pocas fobias (además, por circunstancias personales, voy a tener que obviar una).

Vamos al tema:los que me conocéis (O habéis leído mi presentación) sabéis que todo lo paranormal me fascina – incluso obsesiona, diría yo-. Pensaréis que por donde estoy dirigiendo mi argumento, mis peores miedos están relacionados con eso, hechos paranormales y fantasmas... ¡PUES NO! Es más bien todo lo contrario: creo que tengo los miedos más mundanos que se podrían encontrar. Ahora os presentaré uno que marcó mi infancia y que tengo medio superado (creo que ha sido al darme cuenta de lo surrealista y absurdo que es). Madre mía, no se ni como presentarlo... ahí va: tengo (o tenía) un trauma enorme con el váter. Sí, el váter o el wc o como quieras llamarlo.
El pensamiento de tirar de la cadena y que empiece a subir el agua sin parar, acompañado de un sonido grave y fuerte, no poder pararlo, intentar salir corriendo pero no poder porque la puerta está trancada... nopuedonopuedonopuedo.
Se que esta fobia no tiene mucho sentido – incluso, haciendo una búsqueda por el señor google, he descubierto que la «fobia a la cadena del váter» es algo que solo comparto con los perros, pero creedme, cuando os explique dos posibles orígenes (uno creo que tiene más sentido que el otro) me entenderéis.

Como soy así de guay, empezaré por el génesis más reciente (quien dice reciente, dice hace diez u once años). El lugar del suceso, fue Cerdeña, concretamente en un restaurante de esos refinados y demasiado sofisticados a los que nunca me acostumbraré. Si no lo habéis adivinado, era un viaje familiar (un poco lógico, porque ¿qué haría una Alice de ocho años en una isla italiana y sola?). El caso es que estábamos comiendo y a la pequeña Alice le vino la necesidad de hacer un río, y ella acompañada por su madre, se dirigieron al también sofisticadísimo baño italiano. Porque si, era tan moderno como la comida: grifos con sensor, secadores con sensor, luces con sensor, ah y... váteres con sensor. Supongo que ya veis por dónde va la cosa, ¿no? La madre de Alice y Alice se fueron cada una a su respectivo váter. Hasta aquí todo bien, hasta que Alice... bueno, voy a dejar de hablar en tercera persona ya: me senté en el trono de porcelana. ¿Qué pasó? Que mi trasero de seis años no era suficientemente grande para el superficial y estricto sensor del váter y la cadena decidió ir funcionando continuamente. Pensad que en ese momento, ya había vivido el primer origen (que prefiero explicarlo al final): entonces, con esa primera experiencia sobre mis hombros, lo único que mi yo pequeña pudo hacer fue gritar y llorar (oh si, fui una niña bastante llorica) y lo único que pudo hacer mi madre fue venir corriendo, abrir la puerta de par en par y darme apoyo moral pues ella tampoco fue capaz de controlar la cadena del váter. Ahora lo pienso y me parece hilarante. Imaginaos ver ese espectáculo: una niña de ocho años sentada en un váter y llorando sin parar y su madre intentando ayudar desesperadamente. En ese momento lo pasé fatal. 
Total, que seguramente estuvimos más de 15 minutos allí encerradas – incluso mi padre, que seguía sentado y esperando en la mesa, con los tiramisús y los cafés se acabó preocupando.

Bueno, y este es el primer trauma. ¿un poco light, verdad? Pues esperad a el segundo. Este se remonta a dos años atrás del anterior, por lo tanto, tenía unos seis años. Ya dije en mi presentación que era una cinéfila: y eso no me viene gratuitamente, ya que desde muy pequeña, en mi casa hemos tenido la costumbre de hacer maratones de películas en los fines de semana. Y desde pequeña he sido capaz de ver la mayoría de géneros: incluso el terror, horror, etc. ya me fascinaban entonces y los veía sin ningún problema.Hasta que llegó LA PELÍCULA. 
¿conocéis el cazador de sueños*? Pues ese, es el gran origen de mi trauma con los váteres. Os haré una breve sinopsis de lo que recuerdo (puede que no sea exacto y que haya modificado ((exagerado)) algo:
Un grupo de amigos deciden irse de vacaciones a una cabaña abandonada en medio del bosque, en temporada de nieves, tras la muerte de uno de ellos. Síp, toman la sabia decisión de ir a ese lugar. Vamos, no hay que ser muy tonto para ver que algo malo puede pasar, pero bueno. Cuando llegan, ven que todos los animales – y cuando digo todos es TODOS – huyen de alguna cosa, hacia la misma dirección (¿no hay otra razón para salir pitando de allí?). Obviando lo que han presenciado, el grupo de amigos se divide: unos se van por ahí de excursión (o a hacer muñecos de nieve, yo que se) y los otros se quedan en la cabaña. Bueno, pues cada grupo se encuentra una persona: los que están en la cabaña un hombre y los otros una anciana mujer. Todo normal hasta que el hombre se quita la chaqueta y ven que este tiene una barriga que no es normal, es enorme, y lo mismo pasa con la ancianita (pero los inteligentísimos personajes deducen que se trata de un embarazo).
Y aquí es cuando llega la escena que me marcó de por vida: el señor barrindongo va al baño. Y tras producir una serie de ruidos antinaturales, horrorosos y de dolor, a los protagonistas se le ocurre mirar si está bien. Uno de ellos abre la puerta y... bueno, mejor os dejo aquí la escena porque es inexplicable. Os aconsejo que no lo miréis si sois sensibles a estas cosas.
Y hasta aquí llego porque es lo que fui capaz de ver. Bueno, logré ver un poco a Morgan Freeman pero no lo suficiente para que me convenciera de seguir viendo la película. Nunca la he podido acabar: incluso, hace unos años, cuando era más mayor me aventuré a verla con una amiga y la tuve que dejar casi en el mismo punto porque es too much for my body
Quisiera remarcar esa fantástica escena del baño (que no he conseguido encontrar, pero que en la película sale unos minutos antes de la escena que he enlazado). Pues esa escena, es la que hizo que la pequeña Alice tuviera que ir al baño acompañada – o si iba sola hacer sus necesidades con la puerta abierta – durante unos cuantos meses. Porque en esa escena, se ve como la atrocidad esa sale del trasero del hombre - y si sale por allí, os puedo asegurar que por el mismo sitio que sale, es por el mismo sitio que ha entrado (y no digo más que me da algo).
Y ese es – creo yo – el origen de mi gran pesadilla con los váteres. 

Debo confesar, tras haber dicho todo esto, que me han entrado ganas de volverla a ver – después haberme prometido no hacerme pasar por este mal trago (otra vez) – pero es que he descubierto (ignorante de mi) que está basada en un libro de Stephen King, y además, la trama ya me parece atractiva.
¿Lo haré? Lo sabréis en las próximas entradas.


*Os dejo aquí los enlaces de la sinopsis oficial y el trailer (V.O. claro está).


Hasta aquí la primera parte de las pesadillas de Alice. ¡Nos vemos en la próxima entrada!

Hala, adiós.




(ojalá fuera este el bichito)

- Alice.

domingo, 16 de octubre de 2016

Alice y sus reflexiones I

Las personas somos muy complicadas, ¿verdad?

Cada persona es un mundo, o mejor dicho: cada persona es su mundo. Algunos mundos se parecen entre si y otros suponen tan diferentes que se llegan a considerar entre ellos como alienígenas.
Supongo que, por esa razón, nunca lograremos comprendernos los unos a los otros al cien por ciento.
Si es que la mente humana es lo más irresoluble que tenemos ante nosotros: la gran incógnita. De hecho, ni uno mismo se puede llegar a conocer completamente: haya vivido los años que haya vivido o experimentado lo que haya experimentado.
Es decir, yo puedo pensar una cosa y transmitirla y otra persona puede decirme que piensa lo mismo que yo: pero, ¿cómo se puede saber que pensamos exactamente lo mismo? ¿Cómo puedo saber lo que estoy pensando yo?

Ante situaciones monótonas, a las que estamos acostumbrados o las del día a día, creemos tener cierto control sobre nuestros pensamientos y acciones, pero ante el gran miedo humano, ese del que nadie se salva, el que no deja dormir a la mayoría cuando se les manifiesta, ante este miedo, es imposible predecir cómo reaccionaremos. Ya sabréis de qué miedo estoy hablando, y sino, no tengo ningún problema en afirmar que se trata de lo desconocido.
Si, es este nuestro miedo, y no estoy generalizando.
Pensad: algunas personas tienen miedo, por ejemplo, a la muerte; otras a un dios o un diablo u otras al día de mañana. Y al fin y al cabo: ¿qué es eso? Pues lo desconocido, el no saber las circunstancias ni los motivos, ni el cuando, ni el donde ni el porqué.
Entonces, ante este gran miedo nuestras acciones son impredecibles. Puedes pensar <<si me pasara esto, haría tal cosa>>. no, no se puede saber.
Quizás la persona más preparada actuará de peor manera pues piensa que tiene cierto control sobre la situación y no es así, y la que lo está menos, se guiará por sus instintos más naturales y por la supervivencia y podrá salirse con la suya. Pero otra vez más, eso es impredecible.

Si es que, cuanta mayor consciencia tenemos de lo que nos rodea, más incógnitas aparecen y, por lo tanto, hay más cosas sin conocer. En otras palabras: a medida que ampliamos nuestros conocimientos, lo extraño crece, como si se tratara de una burbuja.

Creo que los actos ante el miedo causado por lo desconocido, son los peores actos, pues aquí es donde entra el odio hacia uno mismo, o lo que es peor: hacia otras personas.

***************

Y este tema lo dejo para la próxima entrada, pues se trata de todo un universo que para mí es muy difícil de exponer brevemente.

Frase: ¿el cuerpo? Frágil. ¿la mente? Aún más.

Perdón por poner una primera entrada intensita, iba a hablar de otra cosa, pero tenía la sensación que me urgía más escribir sobre este tema. Puede parecer incompleto (y lo está) pero he escrito tal cual lo pensaba y no lo quiero cambiar ni añadir nada más: lo dejo así, al natural.

Gracias por leerme y ¡nos vemos en la próxima entrada!
Y, como dice mi abuela...
¡Hala, Adiós!



-Alice.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Alice

Paranormalista, cinéfila, obsesionada con los zombis, los hombres lobo y los coreanos. También bastante antisocial y literaria empedernida.

¿Por qué me presento con este nombre? Porque suelo ver el lado bueno de las cosas y quiero creer que es posible un mundo lleno de criaturas fantásticas que se ocultan en los rincones de nuestra realidad.
De este modo, la mía, será una aportación de fantasía, mitología y ciencia ficción: mis conspiraciones y teorías propias de cuarto milenio, además de algún que otro relato o crónica personales.

Así que, desde mi país de las maravillas, os doy la bienvenida con de esta breve presentación y os deseo una feliz lectura a través del blog.

Alice.